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Cuando el profesionalismo dejó de usar corbata.

Nos enseñaron que verse profesional era parecer superior.


Ilustración digital by @claritagarcesdebedout


“Yo no entiendo nada de números”.

Es probablemente la frase que más escucho en mi trabajo como loan officer. Y casi siempre viene acompañada de vergüenza. Como si no saber calcular un porcentaje hiciera a alguien menos inteligente. Como si el lenguaje financiero fuera una especie de club privado al que muchas personas nunca fueron invitadas.


Pero después de años trabajando con familias, entendí algo importante: la mayoría de la gente no es ignorante; simplemente nunca tuvo acceso al lenguaje con el que se construyó el sistema financiero.


Y eso me hizo pensar mucho en cómo ha cambiado nuestra idea del profesionalismo.


Hubo un tiempo en que ser profesional parecía una ceremonia de distancia. El saco, la corbata, las reuniones interminables, las palabras complejas. Mientras más inaccesible se veía alguien, más preparado parecía estar.


Nos enseñaron que verse profesional era parecer superior.


Y en esa construcción también aparecieron los títulos como símbolos de jerarquía social: doctor, licenciado, ingeniero, patrón. No solamente como reconocimiento académico o laboral, sino como formas de marcar una diferencia de estatus. Había personas que necesitaban ser llamadas así para confirmar públicamente el lugar que ocupaban frente a los demás.


Como si el respeto tuviera que construirse desde arriba.


Y en parte tenía sentido. Obtener educación avanzada nunca fue fácil. Detrás de muchos títulos había sacrificios reales, años de estudio, disciplina y oportunidades que no todos tuvieron. El problema nunca fue el conocimiento. El problema fue convertirlo en una frontera entre quienes entendían el mundo y quienes tenían que pedir permiso para participar en él.


Trabajo en una industria donde veo esa frontera todos los días.


Hay personas que no saben explicar qué es un APR, pero saben trabajar doce horas seguidas. Personas que no entienden cómo funciona una tasa de interés, pero han sostenido una familia entera sobreviviendo mes a mes. Personas que jamás se sintieron cómodas entrando a una oficina elegante porque durante décadas el profesionalismo financiero se diseñó para intimidar.


La oficina impecable. Los términos técnicos. Los formalismos excesivos. Las conversaciones donde hacer preguntas parecía un signo de inferioridad. Y muchas veces también esa necesidad constante de recordar quién tenía el título, quién tenía el escritorio más grande, quién merecía ser llamado “doctor” y quién solamente debía escuchar.


Como si el conocimiento tuviera que exhibirse en vez de compartirse.


Pero algo empezó a cambiar.


Política y socialmente entendimos que las personas ya no buscan solamente expertos; buscan personas capaces de entender la vida real. Ya no basta con dominar conceptos complejos si uno no puede relacionarse con las angustias cotidianas de la gente.


Y ahí apareció una nueva forma de profesionalismo.


Una donde seguimos valorando el conocimiento, la preparación y la experiencia —porque estudiar y aprender profundamente sigue siendo difícil y valioso— pero donde también entendemos que la verdadera autoridad no nace de la distancia, sino de la conexión humana.


Hoy mi trabajo no consiste solamente en conocer números. Consiste en traducirlos. En tomar conceptos que parecen imposibles y devolverlos al idioma de personas que durante años sintieron que el sistema no estaba hecho para ellas.


Y quizás eso sea lo más interesante de esta época: no desaparecieron las corbatas. No desaparecieron los títulos. Simplemente dejaron de ser suficientes.


Porque el verdadero profesionalismo ya no consiste en hacer sentir pequeño al otro para demostrar que uno sabe más.


Consiste en lograr que alguien salga de tu oficina entendiendo algo que antes le daba miedo.


Y tal vez ahí empieza la verdadera educación.

 
 
 

2 comentarios

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Invitado
09 jun
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Es fácil de entender temas tan densos con ayudas como esta

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Invitado
09 jun
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Me encanta

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